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Nota de Prensa, por Ramón Sosa Pérez


Publicada en el Diario Frontera (Mérida). El 07 de julio de 2012.

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Kobo Abe, lector de García Márquez


Gregory Zambrano

Escritor Venezolano

         Tal vez nunca sean suficientes los elementos que expliquen la fascinación que la narrativa de García Márquez despierta entre sus lectores. Cada nuevo libro es sin duda un acontecimiento editorial, difundido y comentado a través de medios diversos, que despierta más temprano que tarde posiciones de lector mediadas por el gusto. El espectro va desde un entusiasmo radical hasta decepciones recalcitrantes. Sin embargo, quien se acerca a sus obras  —aunque lo niegue— quedará tocado por la magia de su sintaxis y el artificio de sus fabulas insólitas.

              Hace ya bastantes años Donald Keene —traductor y estudioso de la literatura japonesa— le preguntaba al novelista Kobo Abe (1924-1993) si había leído a García Márquez. Para sorpresa de Abe, no sólo desconocía al autor sino aún más, ignoraba que Cien años de soledad, su obra más emblemática, estuviera traducida al japonés. Confesando, no sin rubor su ignorancia, Kobo Abe comienza su conferencia “García Márquez, habitante del globo terráqueo” contando anécdotas para enganchar a su audiencia. Esto ocurría en 1983, apenas unos meses después de que se le otorgara el Premio Nobel al colombiano, y Abe trataba de explicar a su auditorio lo que para él había significado su acercamiento a aquella obra excepcional. Lo cierto es que la traducción de Cien años soledad, hecha por Tadashi Tsuzumi años antes era ya el puente natural por el cual los lectores japoneses conocían el insólito mundo de Macondo.

            El autor de La mujer de la arena y El rostro ajeno, explicaba a sus interlocutores lo que la obra de García Márquez significaba para la cultura universal, así como los paralelismos que le abrieron paso a una aguda reflexión  en torno al valor de la traducción y a los universos de la escritura ficcional. El entonces reciente reconocimiento de García Márquez con el Nobel lleva a Abe a discurrir en torno al premio mismo. Convencido como está del valor de la obra del colombiano, lo contrasta con Elías Canetti, también Premio Nobel, e igualmente traducido al japonés por la editorial de la Universidad Hosei, pero aún así desconocido para la mayoría de los lectores japoneses.

            De ese desconocimiento parece avergonzarse el novelista, quien se consideraba un buen lector y más aún, un atento descubridor de libros raros. Así va entrando en el tema de su conferencia, y sin embargo, posterga el desarrollo de su tesis o utiliza digresiones sólo como un pretexto para hablar de literatura, de autores y de obras que le apasionan o cuya calidad discute. Así nos va llevando por un laberinto lleno de referencias culturales, valoraciones literarias, reflexiones en voz alta, pero eso sí, con una fuerte dosis de humor que potencia sus palabras y las llena de un magnífico encanto.

              Abe repasa la obra de Vargas Llosa, la novela negra, la narrativa judía y el boom latinoamericano, haciendo énfasis en que se trata principalmente de un fenómeno comercial. Pero lo que más llama la atención de su discurso es el modo como percibe a García Márquez como un autor más temporal que espacial. Según Abe, el narrador colombiano marca de manera profunda el período de tiempo que habita, es decir toda la literatura de buena parte del siglo XX, más que su condición de ser un autor latinoamericano.

             En ese sentido, considera al autor como un “apátrida” para así otorgarle un pasaporte ilimitado que lo convierte en excepcional “habitante del globo terráqueo”: “El encanto de García Márquez —afirma Kobo Abe— consiste en su carácter apátrida que se resiste a cualquier pertenencia regional. Me atrevo a decir que sólo pertenece a la época: un autor más temporal que espacial, perteneciente más al periodo que a la región. Aunque suele mostrarse inconforme con el comunismo actual, es evidente que García Márquez es un escritor de izquierda, y dicen que no puede viajar siquiera a Estados Unidos. Sin embargo, al ver el hecho de que la Universidad de Columbia le otorgó el título de doctor honorífico, podemos suponer que los primeros en apreciar su obra fueron los mismos estadounidenses. Tanto en Rusia como en Europa oriental, los estudiantes universitarios hablan de García Márquez con entusiasmo. No sé cómo expresarlo, pero la literatura garciamarquiana ha alcanzado una dimensión universal. Entendamos el término “universo” en asociación con el periodo, mientras a la región corresponde la noción de «país»”.

              Asimismo, repasa un conjunto de obras y autores cuya impronta no son las geografías que “representan” sino su impacto en el orbe de la cultura universal, dado más por su aspecto temporal que por el geográfico: Canetti, Brecht, Kafka y Buñuel. Todos estos creadores, desterrados por los vaivenes de las guerras y los conflictos regionales, transmitieron su impulso espiritual con una explícita conciencia histórica.

            Con esto apunta a la necesidad de superar el exotismo y la visión parcial de cierta literatura que se ha querido mostrar sólo como un referente de la realidad de América Latina transida de violencia y desesperanza. Kobo Abe reconoce en la obra garciamarquiana su capacidad de enseñar acerca del mundo circundante. Al igual que la magia que atrapa el alma del lector en un segundo, pero con la sensación de eternidad, la obra de García Márquez muestra un poder sólo permitido a la literatura. Decía Kobo Abe: “En mi opinión, lo que sirve de trasfondo espiritual para la mayoría de los escritores latinoamericanos, incluyendo a García Márquez, es la conciencia histórica, formada en la posguerra después de haber experimentado las sucesivas calamidades entre la revolución y la contra revolución, que desembocaron al fin en la Segunda Guerra Mundial. Sin tener en cuenta la circunstancia histórica, el marco regional de América Latina no tiene ningún sentido para explicar fenómenos culturales. Al contrario, creo que hace falta un punto de vista más cosmopolita. García Márquez no es universal porque esté traducido a varios idiomas o porque sea doctor honorífico de la Universidad de Columbia, sino porque trasciende la óptica local en sus obras”.

       Esta conferencia, plena de humor y sugerencias, repasa la condición de lectores de los japoneses y elabora unas osadas explicaciones —no exentas de ironía— para tratar de comprender las capacidades cognitivas de sus coterráneos. Estas capacidades estarían dadas por ciertos valores de la fisiología del cerebro: la diferencia entre lo digital y lo analógico, la condición perceptiva de los hemisferios cerebrales en relación con el lenguaje, entre otros aspectos. Los mismos responden a estímulos químicos, que bien se acentúan en la alquimia del amoniaco y del alcohol, presentes en el wasabi y en el sake, tan estimados en la gastronomía japonesa. El humor y la inagotable capacidad para ironizar que demuestra Kobo Abe, hacen que esta conferencia tenga un valor simbólico por ser él mismo un autor emblemático de la literatura japonesa del siglo XX. En ella también queda expresada la conciencia provocadora de su lectura y la certeza de mostrarse como un lector excepcional.

(La conferencia deKobo Abe, “García Márquez, habitante del globo terráqueo”, fue publicada en japonés en el nº 5 de la revista Tsubaru, en 1983. En español puede leer en la revista Quimera, Barcelona, núm. 300, nov. 2008, traducida por Ryukichi Terao)

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Una nueva dimensión del relatar


MAYLEN  SOSA

Profesora de Literatura. UNEFM

Gabriel García Márquez es un maestro, tanto del relato corto, que se dibuja en pocos trazos, como de la novela que se extiende en la ramificación a veces confusa de sus personajes e historias. Uno como lector navega con la misma fluidez y encanto por los mares procelosos de Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, esa novelita a medio camino entre cuento largo o novela corta que es La Cándida Eréndira y su abuela desalmada y “El ahogado más hermoso del mundo” o “María Do prazeres”, por citar sólo unos pocos títulos de su vasta obra. Su prosa nos sumerge en un ámbito que podemos reconocer, se trata de Latinoamérica, de nuestros pueblos rurales, su molicie, su gracia, su pasado, sus políticos corruptos y sudorosos. Pero a la vez ese mundo que sentimos tan cercano, tan lleno de defectos y pobreza, emerge con una pátina de ensueño, de grandeza, y es como si fuésemos eso pequeño y particular, pero a la vez un mundo irrepetible, único, extraordinario. Su trazo de frases cortas, pero contundentes va eslabonando oraciones que encadenan al lector a una densidad, a un ritmo, a un movimiento de sobresaltos y calmas, de drama y delirio, de sorpresas e imprevistos. Más allá de que se le pueda cuestionar, como a tantos otros artistas, que su obra, sobre todo la producida en las últimas décadas del siglo XX, no tenga la calidad superlativa de su obra de madurez y plenitud, pese a ello ha conseguido forjar unas cuantas novelas y unos cuantos relatos por los que ya forma parte, con toda legitimidad y justicia, de lo más granado de las letras universales. Porque García Márquez ha creado un estilo, ha conformado un lenguaje, le ha dado cuerpo a una imaginería latinoamericana que aunque trate de imitarse, como de hecho ha ocurrido, muestra por todas sus costuras la mano del genio, su modo original, divertido, profundo y trágico de expresar a todos los hombres que habitan estos pueblos áridos, asolados por una naturaleza feroz, donde la vida emerge como combate y como premio, porque acontece en medio de terribles contradicciones y desigualdades.

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POLICÍA LITERARIA


Poeterías

POLICÍA LITERARIA

Gonzalo Fragui

fragui2000@yahoo.com

 

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, Gabriel García Márquez había de olvidar la tarde reciente en que los críticos literarios quisieron darle a conocer el hielo de la indiferencia.

Así podría empezar la nueva Historia Universal de la Infamia.

Lo anterior viene a cuento porque en un foro que hicimos en Mérida sobre Cien años de soledad, un “crítico” se paró y dijo que la novela del Gabo, luego de cuarenta años de la publicación, se habría quedado en el pasado, y prueba de ello era que él (el crítico, no el pasado) había intentado releerla y no había podido pasar de cuando José Arcadio regresó, después de haberse ido con los gitanos, con todo el cuerpo bordado en punta de cruz, según la expresión de Úrsula.

También vi por internet un comentario sobre Julio Cortázar, según el cual otro “crítico” confiesa que el gran cronopio ya no lo sorprende, al contrario, le aburre, lo adormece, porque Julio y su escritura, con el paso de tiempo, habría “envejecido”, y pone como ejemplo el conocidísimo texto El Cazador de Crepúsculos, del libro “Un tal Lucas”. Envejecemos tanto a Julio.

Me doy cuenta entonces que se trata de una moda de los “críticos” de esta época, el “envejecer” obras que, por alguna razón, hoy no les interesa. Una especie de policía literaria decide qué se puede leer y que no, profesores universitarios desde sus conucos, los departamentos de literatura, imponen los temas de las tesis y deciden que el lenguaje de García Márquez está obsoleto, que Cortázar aburre, que Carpentier es baboso, que el Nobel de Neruda fue político, y hasta hacen el “chiste” de amenazar con leerles a los estudiantes un poema de don Andrés Bello si no se portan bien.

Hace tiempo, en una calle de La Candelaria, en Caracas, vi un extraño aviso que ofrecía: “Se hacen antigüedades”. No pude aguantar la curiosidad y entré. Pregunté de qué se trataba. Un amable anciano me explicó que en ese establecimiento podían reproducir una escultura de cualquier época, y como el cliente lo deseara, desde la pezuña del león de Fidias hasta una Venus de Milo, con brazos. Pero lo verdaderamente interesante era el proceso de “envejecimiento”, que consistía en recubrir la escultura con una substancia que luego daba la impresión de tener encima la pátina de muchos siglos.

Por una substancia así, los nuevos críticos literarios darían un ojo de la cara, o de cualquier parte. Extraña profesión la de los críticos: diseñar cárceles donde los únicos presos son ellos mismos. Es que, como decía un viejo poeta, amigo mío: “Los críticos, en el fondo, son buenos. En el fondo del mar”.

Y eso me recuerda a Jorge Luis Borges cuando le preguntaron si conocía a algún poeta joven, alguien que estuviera “dando la hora” en poesía, y Borges no titubeó en decir: “Sí, el joven Virgilio”.

Mucutuy/Edo. Mérida

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